Jorge Espinel, Capitán del Fin del Mundo

Texto y foto por Ángela Posada-Swafford

(Publicado en El Tiempo, marzo 1, 2017)

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Credito: Angela Posada-Swafford

 

Poco a poco los vamos coleccionando: nuestros capitanes antárticos de la Armada Nacional. El primero fue Camilo Segovia, a quien bauticé “Capitán de mar y hielo”. El segundo es Jorge Ricardo Espinel, a quien llamo “Capitán del Fin del Mundo”. Ambos comandaron el ya icónico buque ARC 20 de Julio, que regresa hoy a Cartagena, cargando a cuestas toda la experiencia de las millas náuticas acumuladas en el hielo -y camino a él.

Habiendo sido el Segundo al mando durante los tres meses de nuestra primera expedición en 2014-15, Jorge Espinel, hoy Capitán de Navío, es ya todo un veterano oficial antártico. Conoce el buque al dedillo. Conoce el hielo bastante bien, aunque le sigue aprendiendo sus mañas. Conoce el cambiante clima antártico, aunque respeta su manera de traicionar al navegante.

Pero si Jorge Espinel conoce el hielo, más conoce el calor del Magdalena Medio y la indomable Costa Pacífica de todo el continente. Y si sabe de agua salada, igual sabe del agua dulce. Especialmente aquella de los ríos colombianos en los que tuvo que operar en algún momento de sus más de 25 años de carrera naval.

“Ese cambio de trabajar en una fragata misilera en mares abiertos como la Almirante Padilla, a comandar una patrullera de río en el Magdalena, es radical. Desde el tamaño de las embarcaciones hasta las diferencias en la electrónica, y las condiciones del mar abierto a las de estar rodeado de jungla tropical cerrada”. El comandante habla rápido y es generoso con su sonrisa, y eso automáticamente da tranquilidad y ganas de dialogar, con lo que nuestras conversaciones comienzan en la primera expedición y se extienden durante la segunda.

Ha sido divertido ver cambiar su medio ambiente y la atmósfera que lo rodea. Cuando era el Segundo, su camarote estaba frente a la Cámara de Oficiales, y su trabajo era el de hacer la vida del comandante Segovia lo más suave posible. El Segundo es el pararrayos. El filtro. El que dice que ‘no’, y el que responde por la seguridad, la comida, los permisos de todo, los requisitos medioambientales y los ejercicios de entrenamiento de emergencias, entre otras muchas tareas.

Hoy ese filtro es el Capitán de Fragata Fernando Díaz Flores -muy probablemente el siguiente capitán antártico en la colección. Y hoy, Espinel ocupa el más espacioso camarote del capitán, adyacente a la proa. Todo un orgullo para su padre el Mayor Carlos Espinel, un bogotano retirado de la Infantería de Marina y la razón por la cual Espinel nació en Cartagena y vivió en varias partes de Colombia.

Del Magdalena el joven oficial pasó a comandar un buque logístico de desembarco anfibio llevando aprovisionamiento a las bases del Pacífico y apoyando a la Infantería de Marina en lugares tan climáticamente complejos como Bahía Solano y Juradó. “El Pacífico es una de las zonas más difíciles que tenemos nosotros. Cuando se dice llover es llover y todo se paraliza. Para uno y para el enemigo. Me acuerdo de una operación que hicimos, que duró como tres meses. Era más la gente que uno tenía que sacar por problemas médicos debidos al clima tan agreste. A los soldados se les dañaban los pies por hongos y no podían caminar”.

También le tocó la zona roja del golfo de Urabá en el río Atrato, una de tantas oleadas que retomaron el control de esa zona del país por allá en el 2003. Y luego, regresar al Magdalena dentro de las operaciones para evitar que la guerrilla se robara el combustible de los oleoductos.

En algún momento estuvo en la Escuela Naval estudiando ingeniería electrónica, y después se halló como edecán de la Marina para el presidente Álvaro Uribe, en el Palacio de Nariño. Allí aprendió cómo funcionan la política y la diplomacia. “Eso fue útil porque comparar la forma en que piensa un político y un militar me ayudó a la hora de poder direccionar cómo servir mejor a la Marina”. Uribe tenía tantas actividades, “visitaba hasta cinco ciudades en un solo día, que los cuatro edecanes no dábamos a basto para cubrirlo todo.  Pero aprendí mucho sobre cómo se maneja un país”.

Sin duda también aprendió como se maneja un buque. En sus sentidos literal y figurado. Y cómo llegar a la Antártida con su gente de una pieza. La curva de aprendizaje de Colombia en los mares del frío ha sido alta, dice, pero vamos domándola poco a poco.

Mil ojos en el hielo         

La gente del puente de mando, por ejemplo, tiene que tener mil ojos puestos en el radar, y en el horizonte más allá de la proa, y a los lados en los alerones del observador. Un descuido, una mala interpretación de las señales electrónicas, no anunciar a tiempo lo que viene, todo eso puede significar un casco malherido por un trozo de hielo, o cortado en dos como una barra de mantequilla. “El clima, la falta de oscuridad, las horas de guardia que son más intensas en la navegación polar, todo eso hace que el cuerpo no descanse igual y eso va haciendo mella en la capacidad de estar alerta. Pero el entrenamiento y la experiencia han funcionado”.

También funcionaron sus relaciones con los investigadores a bordo. Lo cierto es que Espinel hizo todo lo posible y más allá por acomodarse a los pedidos de los científicos y demás huéspedes civiles y pedigüeños en el 20 de Julio.

“Jorge logró tomar las medidas que garantizaron la seguridad de la tripulación y del buque pero al mismo tiempo apoyando la realización de todas las actividades de investigación previstas, por lo cual fue fundamental para alcanzar el éxito del crucero”, me escribe en un correo el Capitán de Navío Ricardo Torres, jefe científico de la expedición y director del Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrográficas. “Su experiencia profesional, capacidad náutica y cualidades personales encarnan el modelo del Oficial Naval, Comandante de un buque de guerra”.

Al final, se trata de abrir camino en la Antártida para las nuevas generaciones de colombianos. Y la Armada Nacional, como todas las demás armadas internacionales que han llevado a sus países a este continente helado, ha forjado un lazo especial con la ciencia.

“Para mí es un orgullo compartir con un grupo de científicos que están haciendo algo por el país. Colaborarles para que logren sus objetivos. Demostrar que nosotros además de ser una Marina de guerra, también apoyamos al país en ciencia. Que los jóvenes sepan que en la Antártida existe algo muy importante que hay que conocer. Que hay mucho trabajo por hacer y aprender para entender la forma en que la Antártida nos influencia, y la manera de cuidarla y manejarla de forma que sea sostenible”.

De haberse convertido en comandante de un submarino, como era su sueño al principio cuando pasó los exámenes pero había menos cupos que aspirantes, Jorge Espinel no habría podido ser Capitán del Fin del Mundo. Y eso habría sido una lástima.

*Ángela Posada-Swafford, periodista científica, acompañó a las dos expediciones antárticas que Colombia ha llevado a cabo a bordo del ARC 20 de Julio.

 

Colombia le apunta a la ciencia en el fin del mundo

Por Ángela Posada-Swafford*

*Enviada especial durante la III Expedición Antártica Colombiana

(Publicado en El Tiempo, Enero 26, 2017)

La Expedición a bordo del ARC 20 de Julio

  • 29 estaciones oceanográficas, incluyendo 5 a lo largo de Sur América, 23 en Antártica y una en el Paso de Drake
  • Cientos de muestras de agua para análisis biológico, químico y físico
  • Cientos de datos meteorológicos para alimentar modelos matemáticos
  • 90 muestras de plancton vegetal, animal y huevos y larvas de peces.
  • Rocas, fango del interior del lecho marino, moluscos y estrellas de mar
  • 132 avistamientos de cetáceos y 32 de focas y elefantes marinos
  • Censo de una colonia de elefantes marinos

 

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Vestidos con un grueso traje protector naranja y tapados hasta los ojos con cuellos de lanilla, Andrés Franco, profesor de biología marina de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y Manuel Garrido, de Invemar, apoyados por personal de la Dirección General Marítima, aguardan pacientemente las redes que traen su muestra de plancton desde los -600 metros de profundidad, en la popa del ARC 20 de Julio. El buque se ha detenido en medio del Estrecho de Gerlache, que separa a la Península Antártica de una espectacular cadena de islas montañosas. Aquí no hay suaves laderas, sino agresivas paredes de basalto cubiertas casi totalmente de nieve y ríos de hielo azuloso. Es un paisaje alienígena, intimidante, diferente de todo lo que uno pueda hallar en el resto del planeta.

El día de hoy está especialmente atroz: 0.4 grados centígrados, nieve, baja visibilidad, vientos sostenidos, oleaje. Con cada hora que pasa, el frío penetra en los dedos enguantados, haciéndolos doler primero, y entumeciéndolos después. La nieve se mete en los ojos, los sentidos se embotan y el viento castiga el alma. La toma de muestras en esta estación oceanográfica durará cuatro horas. Apenas han pasado 30 minutos. Casi inmediatamente hay que comenzar con la que sigue.

El capitán de navío Ricardo Torres, doctor en ciencias del océano y coordinador científico de la expedición, no pierde puntada del proceso. Él es el puente entre la Armada y los investigadores, y el arquitecto de la ambiciosa agenda, que en buena parte es un seguimiento de la Primera Expedición.

Es imposible quejarse del frío: la Antártida le ha regalado a esta Tercera Expedición Colombiana al menos diez días de buen clima. Además, ¿qué son unas horas de frío comparadas con el tesoro en materia de muestras de agua, plancton vegetal, animal y huevos de peces del fin del mundo?

El análisis químico, físico y biológico de todas estas muestras revelará lo que los científicos llaman las ‘teleconexiones’ entre Colombia y la Antártida: esos hilos invisibles que nos unen irremediablemente con el continente de hielo. Por ejemplo, el agua. Allá abajo, a 500 y 1,000 metros de profundidad frente a las costas del norte de Suramérica, hay masas de agua fría rica en oxígeno y baja en sal que provienen de la Antártida. Los datos son recogidos por un  CTD, un delicado instrumento que baja hasta el abismo suspendido de un winche.

“Es como tomarle una radiografía al mar”, dice José Luis Payares, estudiante de maestría en oceanografía de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla. “Queremos entender cómo estas aguas intermedias antárticas llegan hasta nuestro Pacífico, y qué cambios van sufriendo en su composición, para relacionarlo con todo lo biológico”.

Según el profesor Franco, “esto nos plantea una pregunta muy interesante, y es ver si el plancton compuesto por huevos y larvas de peces, es decir eso que genera alimento para todo el mundo en el océano, también es algo que conecte a las zonas tropicales con las polares, tal como siempre lo hemos visto con las ballenas. Y eso es muy delicado porque de ser así, cualquier alteración de ese plancton, ya sea por calentamiento global, o por el uso que le demos al océano, va a tener un impacto en nuestra región, y viceversa”.

Para ver si el plancton es similar aquí y en el trópico, la expedición ha venido tomando muestras de agua por toda la costa pacífica suramericana. Una vez a bordo, los pequeños seres traídos del abismo reciben un baño con una sustancia relajante para que sus cuerpos no pierdan su forma natural, y van a parar a las neveras del Laboratorio Oceanográfico Móvil Embarcado, para su posterior análisis en Colombia. Este LOME es un laboratorio metido dentro de un contenedor de barco, diseñado por la Dirección General Marítima (DIMAR) para uso de todo el equipo de investigadores que toman muestras durante la expedición.

Ese equipo incluye gente y convenios internacionales con la Universidad de Antioquia, Aquabiósfera, la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, DIMAR, la Universidad Nacional, la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) en Ensenada, México y la Universidad de Magallanes en Chile, entre otras prestigiosas instituciones. Todos se han puesto de acuerdo para aprovechar las muestras del mismo lugar, para sus propios estudios.

Uno de los propósitos de DIMAR a través de sus centros de investigación en Cartagena y Tumaco, es saber si aquí hay metales pesados, contaminantes persistentes o contaminación microbiológica derivada de la actividad humana, explican Mary Luz Cañón, Jhon Salon y Nigireth Paola Suárez, quienes trabajan en esos laboratorios.  También están midiendo niveles de nutrientes disueltos en el agua, que son el alimento del plancton.

Otro, es estudiar cómo las grandes olas de fondo generadas en la Antártida llegan a la costa Pacífica colombiana, y qué efectos tienen en ella. Ayudada por un equipo de personal de la Armada a bordo de una lancha tipo Defender, la oceanógrafa Ana Lucía Caicedo en representación de la Escuela Naval y DIMAR en el Pacífico, configuró e instaló sensores para medir el comportamiento de las olas y del nivel del mar como apoyo para la generación de modelos numéricos.

Un tercer proyecto de DIMAR es continuar con las sesiones de levantamiento hidrográfico de la expedición anterior. Es decir, hacer sondajes de la profundidad de ciertas bahías dentro del Estrecho de Gerlache. El ejercicio tiene un doble propósito: según el capitán Torres, la Organización Hidrográfica Internacional le pidió a Colombia la batimetría de varias bahías en Gerlache que se perfilan como próximos destinos populares de los cruceros antárticos porque estas bellas islas aun no están del todo sondeadas, especialmente cerca de las costas.

En los círculos internacionales es bien sabido que los hidrógrafos colombianos son excelentes a la hora de mapear el fondo marino, que es el primer paso para hacer una carta náutica.

“Lo que los buques de turismo polar no esperan es que también les entregaremos la geo-referenciación topográfica de esos lugares, con todo y línea de costa, pues contamos con el raro privilegio de un helicóptero que nos permite tomar fotografías muy exactas”, dice el científico. “Esas fotos también las usaremos para incorporarlas al simulador de navegación que tenemos para entrenamiento en la Escuela Naval de Cadetes en Cartagena”.

Por su parte, Nancy Villegas, profesora de la Universidad Nacional, viene con un proyecto a tres años acerca de las interacciones entre la atmosfera y la superficie del océano del Caribe y Pacífico colombianos, y la Antártida. Apoyándose en los datos oceanográficos de DIMAR, y haciendo sus propias mediciones atmosféricas, Villegas espera alimentar modelos matemáticos que ayuden a entender esta compleja relación.

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Componente internacional

Teniendo en cuenta que hay varios colombianos en bases y buques de investigaciones de países amigos, el componente internacional de la expedición embarcada está formado por dos científicos de la Universidad Autónoma de Baja California y el valioso apoyo de la Armada chilena.

El mexicano Eduardo Santamaría es un experto en sensores remotos con una larga lista de publicaciones científicas. Estudia las propiedades ópticas de los organismos acuáticos, para incorporar esos datos en los algoritmos que alimentan los satélites que observan el mar.

“El satélite te da un mapa de concentración de clorofila pero no hay forma de ver de qué profundidad viene ese plancton vegetal”, dice Santamaría, quien participa en la expedición a través de sus nexos con DIMAR. “Este trabajo ayudará a determinar si lo que ve el satélite es en realidad clorofila, o si hay otras cosas disueltas en el agua, como desechos animales. Pero nosotros también estamos comprometidos con Colombia, y ofreceremos los datos para la formación de recursos humanos colombianos de alto nivel”.

Los grandes mamíferos

Diego Mojica, biólogo marino de la Comisión Colombiana del Océano realizó un censo de elefantes marinos en una Zona Antártica Especialmente Protegida. Contó machos y hembras adultas y juveniles, en temporada de muda de piel. “Como hallazgo importante encontramos que uno de los elefantes marinos nacidos en la isla Rey Jorge, en las islas Shetland del Sur, se había desplazado 260 millas al sur al archipiélago de Palmer. Esto propone un corredor biológico marino para esta especie”.

Finalmente, Adrián Vásquez Avila, de la Fundación Omacha, tiene una interesante lista de avistamientos de delfines y ballenas, algunos difíciles de observar. “Ha sido muy valioso hacer toda la ruta migratoria de las ballenas jorobadas”, dice el biólogo. “Este proyecto lo realizamos en conjunto con Conservación Internacional, las fundaciones Malpelo y Yubarta y la Universidad de Los Andes.

Después de una larga jornada de más de 12 horas de observación en busca de cetáceos, Vásquez divisa un grupo de orcas a babor. Son al menos siete, y vienen nadando en línea recta hacia nosotros. Estas magníficas criaturas están en la punta de toda la pirámide que comenzó con el agua y el humilde plancton. Estudiarlas es conocer la salud de todo el ecosistema. Y seguir las migraciones de otros cetáceos es redescubrir la teleconexión más carismática y obvia entre Colombia y la Antártida.

En palabras del capitán Torres  “los colombianos debemos sentirnos muy orgullosos de tener la capacidad de aportar con actividades científicas mas allá de nuestras fronteras, para poder colocar un granito de arena y entender los procesos que nacen en la Antártida y afectan a todo el planeta que compartimos”.

 

 

 

 

 

Plataformas y tecnologías de la Armada Nacional operan sobre y bajo el hielo antártico

Por Ángela Posada-Swafford*

*Enviada especial durante la III Expedición Antártica Colombiana

(Publicado en El Tiempo, enero 27, 2017)

 

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El ARC 20 de Julio en Potter Cove, frente a la base argentina Carlini. Credito: Angela Posada-Swafford

 

Con este segundo viaje a las latitudes del sur, el ARC 20 de Julio de la Armada Nacional va camino de convertirse en un lobo de mar antártico. Las lecciones aprendidas durante sus dos expediciones al continente blanco están siendo aplicadas en cada rincón de este buque, que aunque fue creado para efectuar operaciones de seguridad y soberanía en los mares tropicales, está demostrando su versatilidad no solo para cumplir tareas científicas, sino para hacerlo en aguas polares.

No mucha gente se adentra en los dominios del Departamento de Ingeniería, allá en las entrañas del ARC 20 de Julio donde hace ruido, huele a aceite, y la maquinaria que lo hace posible todo a bordo es intimidante y compleja. Pero, de tanto seguir al Suboficial Segundo José Sierra en su ronda de guardia, voy entendiendo mejor las complejidades de este lugar fascinante.

Así como un corazón animal bombea sangre por sus arterias y venas, el corazón mecánico del buque hace circular agua y aceite a través de un sofisticado laberinto de válvulas y tuberías. Mientras el corazón biológico necesita transportar oxígeno y limpiar el gas carbónico de un organismo, el del ARC 20 de Julio tiene que llevar calor al combustible y a la vez refrescar los motores propulsores de una máquina que no ha dejado de latir durante las últimas 6,500 millas desde que saliera de Cartagena el 16 de diciembre.

Cada hora, así como Sierra los otros dos suboficiales de guardia deben chequear los niveles de temperatura y las presiones del agua, aceite y combustible, y verificar que no haya filtraciones ni grietas en las tuberías. Ahora que estamos en aguas antárticas, el problema de enfriar los motores propulsores y calentar el aceite es lo opuesto de lo que sucede en el trópico. Según el Capitán de Corbeta Germán Enciso, jefe de Ingeniería, esa ha sido parte de la curva de aprendizaje antártico para su departamento. Otra, es intentar suministrar agua caliente para 30 personas más de las que el buque lleva normalmente.

Si para Enciso hay estrés, para el segundo, Capitán de Fragata Fernando Díaz Flórez, hay días que son como tomar agua por una manguera contra incendios. El capitán Díaz es una especie de Gran Administrador, amo de llaves y encargado de la Alcaldía, todo en uno.  A él le toca supervisar la logística de los alimentos, dar los permisos para bajar a tierra, chequear la seguridad de las operaciones, tener santa paciencia con los  invitados al crucero de investigaciones, garantizar que se cumplan los requisitos medioambientales, filtrar lo que debe y no debe llegarle al comandante del buque, el Capitán de Navío Jorge Ricardo Espinel, y supervisar los ejercicios de emergencia, como la pérdida de gobierno de la nave, contraincendios, escalando hasta terminar en el entrenamiento de abandono.

“Si todos estos aspectos son importantes normalmente, en Antártica todo cobra una seriedad aun mayor. La experiencia es magnífica pero el estrés de la operación ha sido diferente de las salidas normales en aguas del trópico. No solo la temperatura, sino el hecho de que hacemos la ciencia dentro del marco de operaciones. También la distancia. Antártica está lejos de todo, entonces además de una enfermera, la Suboficial Segundo Marly Hernández, traemos un cirujano, el Capitán de Navío Hildebrando Morales”.

Trinomio operacional

Todo este trabajo de preparación previa sale a relucir especialmente cuando el 20 de Julio se dan operaciones aéreas, marinas o submarinas, usando lo que en jerga naval se conoce como un trinomio operacional: el buque, un helicóptero Bell 412 con capacidad para volar dos horas y una lancha rápida Defender, que en lugar de perseguir personas al margen de la ley transportan equipos científicos, hacen sondajes batimétricos, o realizan registros fotográficos.

No es nada sencillo echar a volar el helicóptero o meter buzos al agua gélida. Cada vez que el Bell 412 levanta el vuelo, o de hecho, cada vez que tanquea, hay que movilizar a casi 40 de los 65 tripulantes del buque. “Desde tener un bote zodiac en el agua listo para reaccionar en caso necesario, hasta la gente del puente de gobierno, comunicaciones, torre de control, emergencias, enfermera, el buque prácticamente se paraliza cuando hay una de estas maniobras”, dice Díaz. Si a esto se le agrega el elemento del hielo, una pisada en falso o un simple tropezón pueden generar un serio problema.

Por su parte, la tripulación de Aviación Naval, compuesta por piloto y copiloto, y tres técnicos e inspector de mantenimiento, tiene sus propias cosas en qué pensar. Por un lado, se consagraron hace un par de días como la primera tripulación de aviadores colombianos en volar con visores nocturnos en la Antártida. Que no se haya oscurecido del todo (durante la plenitud del verano austral) no impidió al capitán de corbeta Guillermo Alberto Fierro el interesante ejercicio de volar sobre témpanos fantasma en un extraño anochecer.

El helicóptero se ha comportado a la altura, como hiciera durante la Primera Expedición. De hecho, es como si estuviese hecho para el frío. “La maquina rindió súper bien porque a bajas temperaturas su rendimiento es mejor”, explica el capitán Fierro. “En cambio, cuando se vuela en altura entre cordilleras, es todo lo contrario. Allá los límites del motor tienden a alcanzar su límite máximo, a pesar del frío que se pueda percibir, que entre otras, no es nada parecido al que hemos sentido aquí”.

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El tercer miembro del trinomio es la poderosa lancha cubierta tipo defender, que prácticamente no ha parado de trabajar. Sus tres motores la impulsan velozmente junto a los hielos, y su casco de metal la protege de las filudas aristas del agua congelada.

“Nosotros modificamos esta Defender”, dice el Capitán de Navío Ricardo Torres, doctor en ciencias del océano y coordinador científico de la expedición con orgullo de abuelo. “Donde normalmente lleva un armamento, le colocamos un instrumento que es un transductor de una ecosonda multihaz. Y con este hemos podido hacer mapas del cien por ciento del fondo de dos importantes bahías que cada vez reciben más buques turísticos en Antártica”.

En efecto, los hidrógrafos de DIMAR, encabezados por el suboficial jefe Fernando Oviedo Barrero, han podido entregarse a mapear el fondo del Estrecho de Gerlache en jornadas de hasta 10 horas, gracias al abrigo que les brinda la robusta lancha. Cada noche, a su regreso al buque, una compuerta en la popa se abre para halar la Defender hasta dejarla anidada en su propio nicho.

Al lado de la Defender están las modificaciones especiales que el astillero de la Armada, Cotecmar, hizo en el 20 de Julio, para convertirlo en buque oceanográfico.

“Le colocamos toda una plataforma oceanográfica, unos winches especiales que nos permiten bajar equipos hasta los 2,000 metros de profundidad para conocer el comportamiento de masas de agua, corrientes, animales, nutrientes y otras variables a esas profundidades.  También logramos colocar un contenedor-laboratorio”, dice Torres.  “Si a eso le sumamos el helicóptero, que en otras oportunidades no ha servido para a lucha contra el narcotráfico, ahora también nos sirve para la ciencia. Desde el podemos ver la Antártida desde el cielo, lo cual nos ayuda para identificar peligros para la navegación, y nos ha ayudado a hacer proyectos conjuntos con el programa antártico español”.

Allá en lo alto, observándolo todo, está el puente de gobierno, con sus navegantes, timonel y vigías. En una ocasión los bauticé a todos como “vaqueros de los hielos”. Su propia curva de aprendizaje ha sido alta también. Gracias a los entrenamientos efectuados en los simuladores de la Escuela Naval Almirante Padilla y el antártico de la marina chilena en Valparaíso, han aprendido a sortear los traicioneros hielos gruñones, duros como piedras y filudos como escalpelos.

Aquí, el capitán Espinel monta guardia junto con todos los oficiales, algo que también es nuevo en esta navegación antártica. Entre todos se han convertido en verdaderos expertos del hielo y los mamíferos marinos.

“Nosotros estamos acostumbrados a unas aguas muy abiertas, muy azules, pero aquí hay una particularidad y es que hay cambios muy drásticos en las condiciones meteorológicas y eso hace que a veces tengamos momentos de muy baja visibilidad, de menos de 300 metros”, me dice una tarde. “Eso requiere que el buque ponga más atención a cualquier obstáculo que le pase por delante, como hielos que no son muy grandes pero sí muy duros; requiere que la gente esté muy bien entrenada y que los radares estén my bien calibrados”.

Según Espinel, no ver la oscuridad afecta mucho. “El cuerpo no descansa igual, y es necesario crear una disciplina completa de saber que si son las siete de la tarde no hay que mantenerse activo, porque uno al ver luz sigue queriendo trabajar, y eso va desgastando y se va notando en la capacidad de estar alerta a la hora de concentrase en la navegación por el hielo”.

Tanto Espinel como Torres, y francamente toda la tripulación de este 20 de Julio se muestran orgullosos de lo que se está logrando en esta expedición. No solo el buque ha respondido como se planeaba, sino que, unido a la ciencia, está labrando algo sin precedentes en el país. Por un lado, las relaciones diplomático-científicas con las muchas estaciones de investigaciones y base militares que están abriendo sus brazos hacia el Programa Antártico Colombiano.

Y por otro, el hecho de que le hemos mostrado al mundo que Colombia desde el trópico también está conectada con la Antártida. Y que algo lo que suceda aquí nos puede afectar allí. El Programa Antártico Colombiano convoca todos los años a las instituciones del país a que propongan proyectos. De esa convocatoria se aprueban unos proyectos se desarrollen a bordo del buque, o en bases de países amigos.  La Agenda Científica permite que se propongan proyectos de toda clase.

Enlazados por el frío, dejamos a nuestro paso nuevos hilos tendidos en todas direcciones para el crecimiento científico, tecnológico, naval, estratégico, diplomático, educativo y potencialmente económico de Colombia. Y eso no es cualquier cosa.

Colombia despliega sus alas antárticas

Texto y fotos por Ángela Posada-Swafford

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Ya estoy convencida que formo parte de este excelente grupo de aviadores antarticos colombianos!

 

Hace unos días, en la base antártica española “Juan Carlos I”, en la isla Livingston, se llevaron a cabo dos cosas nuevas para Colombia en el continente blanco: la cooperación con investigadores españoles, y un sobrevuelo en helicóptero transportando carga externa.

Los investigadores tenían un proyecto para medir el grosor de los glaciares que cubren la capa de tierra congelada conocida como permafrost. El experimento consistía en pasar un geo-radar montado sobre una estructura de madera de 150 kilos, a cierta altura sobre el hielo.  El truco era no dejar que se ladeara la estructura. Para los científicos, el ARC 225 – helicóptero tipo Bell 412EP – de la Armada colombiana, era la oportunidad perfecta para llevar a cabo esa actividad.

Para el piloto comandante de la aeronave, Capitán de Corbeta Guillermo Alberto Fierro Monje y su tripulación, era el momento de desplegar sus alas antárticas.

En cualquier lugar, contar con un helicóptero en una expedición científica es un raro privilegio; pero en estas latitudes, se convierte en una cuestión de seguridad. Una emergencia médica, un bote Zodiac que no aparece, un grupo de investigadores varado en alguna playa, la necesidad de pedir ayuda a alguna de las estaciones de investigación, son todos escenarios muy plausibles en la Antártida. Por otro lado, desde el punto de vista científico, un helicóptero no sólo es la única forma de acceder a lugares importantes de muestreo y fotografía, sino la manera de entender el contorno del terreno.

Esta es la segunda vez que el ARC 225 de la Aviación Naval viene hasta la Antártida, aportando todos esos elementos a la Primera Expedición hace dos años. Es una aeronave relativamente nueva (tan solo tiene 649 horas), y capacidad para 13 pasajeros.

El proceso de cualquier vuelo comienza con una reunión pre-vuelo en el Centro de Información y Combate, una sala que infunde toda la complejidad que uno esperaría hallar en un buque militar, que esta vez desarrolla misiones de ciencia e investigación.

La planeación abarca las condiciones meteorológicas, el perfil de vuelo y los objetivos a cumplir. Se habla del plan de comunicaciones, códigos de comunicaciones, procedimientos en caso de baja visibilidad, entre otros. Finalmente se contestan preguntas y se especifica lo que habría que hacer en caso de emergencia o alguna contingencia en esta agreste geografía.

Este primer vuelo antártico de la Tercera Expedición fue una lección para el Capitán Fierro y su tripulación.

“Por mi izquierda tenía referencias visuales del mar y abajo las grietas de los glaciares”, me dice esa noche. “Pero por la derecha era un telón completamente blanco que no nos permitía interpretar profundidad, distancia, ni distinguir el horizonte”.

Lo tranquilizaba el hecho de que siempre tenían la garantía de escapar hacia el mar en caso de que el techo se bajara. Y en ese sentido, dice el aviador, “es diferente a volar entre montañas en Colombia, donde si hay nubosidad uno no se mete. Es mejor esperar”.

Por su parte, el helicóptero se ha comportado a la altura, como hiciera durante la Primera Expedición. De hecho, es como si estuviese hecho para el frío. “La maquina rindió súper bien porque a bajas temperaturas su rendimiento es mejor”, explica el capitán Fierro. “En cambio, cuando se vuela en altura entre cordilleras, es todo lo contrario. Allá los límites del motor tienden a alcanzar su límite máximo, a pesar del frío que se pueda percibir, que entre otras, no es nada parecido al que hemos sentido aquí”.

La experiencia de esta tripulación se suma a la anterior, y la próxima se sumará a esta. Poco a poco, fenómenos como los vientos catabáticos o los drásticos cambios de clima y visibilidad de la Península Antártica pasarán a ser parte del menú de opciones que los pilotos de la Armada Colombiana aprenderán a manejar con soltura.

“Para mí lo significativo de esto es el aporte directo a la ciencia ofrecido por la Aviación Naval”, añade el capitán Fierro, y los investigadores españoles no podrían estar más de acuerdo.

Al regreso de cada vuelo, el helicóptero es inspeccionado por los tripulantes de vuelo y guardado dentro del hangar del ARC 20 de Julio con calentadores especiales, sus palas plegadas y su fuselaje fuertemente amarrado al piso. Un balcón ubicado en un costado de ese hangar se ha destinado para instalar los equipos de gimnasio. Y de tanto ir a la caminadora, que en el estrecho recinto está a un metro del fuselaje, ya el Bell 412 se ha convertido en un viejo amigo.

Latinoamérica en el frío

Por Ángela Posada-Swafford

Bases y estaciones de investigaciones visitadas

  • Juan Carlos I, Isla Livingston (España)
  • Base Castilla, Isla Decepción (España)
  • Yelcho, Isla Doumier (Chile)
  • Palmer, Isla Anvers (EE.UU.)
  • Base Gabriel González Videla, Península Antártica, (Chile)
  • Primavera, Península Antártica (Argentina)
  • Profesor Julio Escudero, Isla Rey Jorge (Chile)
  • Estación Científica Carlini, Isla Rey Jorge (Argentina)
  • Estación Pedro Vicente Maldonado (Ecuador)

 

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Hay que mirar bien: ese punto naranja al fondo es la Base Yelcho, de Chile. Mejor situada, imposible. Credito: Angela Posada-Swafford

Si bien Latinoamérica estaba históricamente a la zaga en cuestión de ciencia antártica revisada por pares, un extenso estudio publicado en 2013 en la revista indexada Polar Research por un grupo de investigadores chilenos encontró que la región está avanzando a paso firme, y que sus puntos fuertes son la ecología y la biología.

Encabezado por la bióloga de la Universidad de la Serena Gisela Stotz, el estudio halló que entre 1985 y 2010 se publicaron 254 papers científicos sobre ecología antártica escritos por autores latinoamericanos. “Encontramos artículos publicados desde los años 40. Argentina, Brasil y Chile representaron el 90%  de los artículos hallados en portales de ciencia. El 5% restante provenía de Costa Rica, El Salvador, México, Perú, Uruguay, República Dominicana y Venezuela. Autores argentinos estaban involucrados en más de la mitad de todos los artículos que encontramos”.

Eso tiene sentido porque Argentina lleva 112 años de presencia continua en la Antártida. Latinoamérica está presente en ese continente a través de las plataformas de investigaciones (bases, buques, campamentos) de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Perú y Uruguay, todos miembros consultivos del Tratado. Otros países como Venezuela envían a sus investigadores a trabajar en los buques o bases de esas otras naciones.

La Expedición Almirante Padilla visitó nueve bases de Chile, Argentina, Ecuador, España y Estados Unidos, más que doblando el número de la primera Expedición Caldas. Cada visita reforzó los lazos de amistad y cooperación en todo sentido. La enorme experiencia antártica de todos esos países es oro en polvo para el Programa Antártico Colombiano, que no ha dejado de tomar nota.

En la base ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado, por ejemplo, que lleva 20 años de servicio antártico en la hermosa isla de Greenwich, se llegó a la conclusión de que las cosas se facilitan si al final de cada temporada de verano se deja un contenedor con los objetos y alimentos no perecederos básicos de supervivencia listos para que los próximos ocupantes de la base pongan todo en marcha en apenas cuatro horas.

“Lo importante es no perder la continuidad de venir año tras año”, dice el director de la base capitán de navío Carlos Breilh, quien hasta hace poco fuera comandante de uno de los submarinos de su país. “Durante esta temporada les estamos dando apoyo a nueve investigadores del Instituto Antártico Ecuatoriano con 12 proyectos de ciencia. Esperamos que en un futuro podamos ser anfitriones aquí de algunos investigadores colombianos”.

La base argentina Carlini, en una punta de la isla Rey Jorge, ya recibió colombianos. El año pasado tuvo al biólogo Marino Diego Fernando Mojica, con un proyecto de elefantes marinos. Este año apoyó a la historiadora Natalia Jaramillo, de la Universidad de Los Andes, ayudándola con la logística de transportarse entre otras bases.

Carlini tiene amplios laboratorios y hasta un equipo de buzos con todo y cámara de descompresión al servicio de los científicos. Está estratégicamente ubicada al lado de una zona especialmente protegida, y tiene enfrente un monolito de roca que parece salido de un filme de ciencia ficción. Está entre las más grandes estaciones de esa nación pionera de los hielos, y alberga de 60 a 80 personas mitad personal de apoyo y mitad científicos de todas las especialidades imaginables.

Según el arquitecto Raúl Rodríguez, de la Dirección Nacional del Antártico, Argentina planea renovar la base con edificios nuevos. “Estamos mirando con mucho interés el experimento de la estación de India, que está basado en contenedores de barco. Un modelo sostenible y económicamente viable para nuestros países”.

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Base espanola Gabriel de Castilla, en la Isla Decepcion. Credito: Angela Posada-Swafford

Quizás la base más exóticamente ubicada es la española Gabriel Castilla, asentada en medio de la boca de un volcán activo, en la isla Decepción, parte de las islas subantárticas. Aquí donde el frío y el calor se pelean y los turistas acuden a bañarse en aguas termales, los geólogos, biólogos y ambientalistas interrogan uno de los más extraños ecosistemas del planeta.

En otro momento de la expedición, los edificios rojo escarlata de la histórica base naval de la Armada chilena Arturo Prat, en la isla Rey Jorge, aparecen una mañana en medio de la más espesa neblina. Su excelentísimo anfitrión, el capitán de fragata Octavio Rodríguez nos recibe con una cordialidad inolvidable y una pastelería estupenda. Este 7 de febrero, la estación cumple 70 años, y el capitán Rodríguez ha organizado todo un festejo, invitando a los expedicionarios y personal de apoyo de las bases de las islas vecinas.

“La inauguración de la base en 1947, la primera de Chile en la Antártida, es uno de los hitos más importantes de la Armada en territorio antártico después de la heroica hazaña del escampavía Yelcho, durante el rescate de los sobrevivientes del Endurance en 1916”, dice el capitán Rodríguez.

“Latinoamérica está teniendo un desarrollo importante de sus programas antárticos”, me ha dicho anteriormente el geólogo y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Jerónimo López, quien fuera el presidente del Comité Científico para la Investigación en la Antártida. SCAR, por sus siglas en inglés, es la organización encargada de promover y coordinar la investigación científica en la Antártida, y de asesorar al Tratado Antártico en temas de ciencia.

“Con sus bases, modernos buques oceanográficos, y programas sólidos, la región tiene un gran potencial para la investigación antártica”, añade López.

Esas palabras son la clave porque sugieren que Latinoamérica debe pensar en su futuro antártico, no como países aislados, sino como bloque regional, unido por el mismo hielo que une al Continente Blanco.

Historia de la presencia humana en la Antártida

Por Ángela Posada-Swafford

“Los hombres no pueden pelearse en la Antártida porque allá el enemigo universal es el frío”. Richard Evelyn Byrd

 

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Al principio, nuestro entendimiento sobre la Antártida no tenía el alcance para interesar a nadie en su soberanía. Las naciones colonialistas miraban hacia continentes de selvas y soles abrasadores como África, y no reparaban en desiertos de hielo. Luego, hace siglo y medio, los balleneros y cazadores de focas comenzaron a abrirle los ojos al mundo sobre la riqueza de los mares australes.

Siguiendo ese nuevo interés, en 1833 el Imperio Británico sacó patentes proclamando como dependencias a las Islas Falkland/Malvinas, a los 52° sur, las cuales serían eterna fuente de disputas amargas con Argentina, y en 1908 hizo lo mismo con las islas subantárticas South Georgia, South Shetland, y Tierra de Graham (Península Antártica), a los 62 ° sur.

Lo más notable de estos últimos territorios codiciados por el Imperio era que formaban un cono que convergía hacia el Polo Sur. Con este cono de influencia Inglaterra estaba imitando la táctica adoptada por Canadá en el Ártico un año antes.

Puesto que era el océano Austral -y no el continente antártico- el que contenía los valiosos recursos, los reclamos británicos permanecieron nebulosos y sin disputa. No obstante, un año después, durante la era heroica de exploración antártica, la Expedición Nimrod de Ernest Shackleton movió esas intenciones de la costa hasta el interior del continente. El expedicionario David Mawson puso la bandera sobre el hielo y reclamó la Tierra Victoria para el Imperio Británico.  Y el mismo Shackleton, a pesar de estar al borde del fracaso por falta de alimentos, depositó un cilindro de bronce lleno de estampillas y documentos, y tomó posesión de la planicie polar “en nombre de Su Majestad”.

No faltó mucho tiempo para que varias otras naciones fueran haciendo reclamos similares; pero la noticia grande sucedió en 1928 cuando el aviador estadounidense Richard Evelyn Byrd sobrevoló Antártica por primera vez en avión, lanzando a tierra cilindros con documentos de reclamo. No obstante, Estados Unidos no reconoció oficialmente ningún reclamo nacional, y el mismo Byrd comentó luego que “los hombres no pueden pelearse en Antártica porque allá el enemigo universal es el frío”.

De todas formas, las expediciones de Byrd establecieron una presencia casi permanente de Estados Unidos en Antártica, sin tener en cuenta que actos simbólicos de posesión se hubieran traducido o no en títulos oficiales.

En 1938, la Alemania nazi envió una expedición bajo el Dr. Alfred Ritscher “para garantizarle a Alemania su parte en la inminente división de Antártica entre los poderes mundiales”. Con la bendición personal de Hermann Goering, los hidroaviones de la Expedición mapearon la Tierra de la Reina Maud, lanzaron a hielo jabalinas decoradas con suásticas, y montaron grupos de asalto a la costa para izar la bandera del Tercer Reich.

Pero la invasión de Polonia redirigió la atención de los vuelos fotogramétricos sobre el continente, a la guerra submarina a su alrededor. El espectro de los nazis en Antártica hizo que las naciones se movilizaran. EE.UU. propuso extender la Doctrina Monroe (crecer de mar a mar) hasta el Polo Sur, para poder responder a las intenciones a los submarinos nazis, y velar por la seguridad del Paso Drake.

Argentina, por su parte, estaba más preocupada por Inglaterra que por Alemania, y en 1939 estableció una Comisión Nacional Antártica. Alarmado por la  maniobra, Chile se apresuró a invocar el concepto del cono de influencia para proclamar soberanía sobre la Península Antártica, rebautizándola como Territorio Antártico Chileno. En 1946, el régimen de Perón convirtió a la Antártida argentina en parte integral de ultranacionalismo en su política doméstica.

En general, la Guerra Fría amenazaba con llevar al polo su rivalidad geopolítica y la militarización de Antártica parecía inevitable. El Continente Blanco estaba enredado en la retórica de la política anticolonialista de la postguerra, y se convirtió, según algunos observadores, en un continente “en busca de una soberanía alternativa”.

Pero la idea de que Antártica siguiera el ejemplo de África era repugnante para muchos, y en 1948 el Departamento de Estado de EE.UU. le pidió a su Academia Nacional de Ciencias que bosquejara un futuro programa científico para EE.UU. en Antártica.

Mientras tanto, las rencillas territoriales y peleas diplomáticas culminaron en lo que todos temían: la intervención soviética. Efectivamente, Rusia volvió su atención hacia el sur, y en 1950 declaró tener el “derecho indiscutible a participar en la solución de problemas en la Antártida”. La Guerra Fría había llegado a El Hielo.

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El Año Geofísico al rescate

Pero entonces, en medio del frenesí global para reorganizar políticas de reclamos, sucedió algo que lo cambió todo. El 1952, el Consejo Internacional de Uniones Científicas nombró un comité para que organizara una serie de complejas actividades geofísicas a nivel global entre 1957 y 58. Eso se llamó El Año Geofísico Internacional (IGY, por sus siglas en inglés), y fue diseñado para permitirles a científicos en todo el globo tomar parte en una serie de observaciones coordinadas sobre fenómenos geofísicos.

Una de las regiones en que el IGY centró su atención fue Antártica, colocándola en la misma categoría de regímenes que caen fuera de los conceptos tradicionales de soberanía, tales como el espacio y las regiones abisales del océano. Eso significaba que Antártica no seguiría la misma suerte de África, dividida como un trozo de carne entre leones hambrientos. O del Ártico, una especie de  Mediterráneo polar plagado de maniobras políticas.

Al mismo tiempo, la muerte de Joseph Stalin trajo a los soviéticos al IGY, y por ende a la Antártida, de forma pacífica y diplomática. Durante ese encuentro, Rusia y EE.UU. impusieron un “equilibrio de prudencia” basado en la empresa científica, donde no reconocían reclamos, y se reservaban el derecho de avanzar los suyos propios.  El IGY definió el círculo contemporáneo de jugadores interesados en Antártica. Además de los siete países que originalmente habían hecho reclamos (Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y el Reino Unido) otras naciones como Bélgica, Japón, EE.UU., Sur África y Rusia montaron expediciones científicas nacionales. El tamaño de la inversión de una nación era tomado como muestra de su seriedad con respecto a la política antártica.

En 1957, para darle más peso al tema de la investigación y ayudar con la coordinación de los programas nacionales de ciencia, se organizó en Comité Científico para Investigaciones Antárticas, SCAR, por sus siglas en inglés. Dos años después el presidente estadounidense Dwight Eisenhower colocó al Programa Antártico de Estados Unidos bajo la National Science Foundation, e hizo los arreglos para establecer un Tratado Antártico.

Eisenhower invitó a la Unión Soviética y las otras 11 naciones involucradas hasta ese momento en investigaciones antárticas, a buscar un medio efectivo para asegurar que “las vastas expansiones inhabitadas de Antártica se usen sólo con propósitos de paz”. Durante los siguientes 18 meses se realizaron 60 reuniones secretas entre estas 12 naciones, culminando con la Conferencia sobre Antártica, a finales de 1959, cuando se firmó en Tratado Antártico en Washington DC, creando el primer espacio internacional “para ser usado con propósitos de paz…con los intereses de la ciencia y el progreso de toda la humanidad”.

Así comenzó la Pax Antártica.

El éxito del Tratado, que entró en vigor en 1961, radica en que zanjó la cuestión de la soberanía con una ambigüedad calculada. Ni reconocía ni negaba los reclamos existentes: firmar el tratado ni avanzaba ni perjudicaba reclamos futuros al territorio, pero no se podían hacer nuevos reclamos mientras el Tratado estuviera vigente.

El Sistema del Tratado Antártico consolidaba lo que se había venido armando con el Año Geofísico Internacional: el continente estaría abierto para la investigación científica, desmilitarizado y sin pruebas ni basura nuclear. Las estaciones de investigaciones estarían sujetas a inspección; y Antártica sería administrada “en interés de toda la humanidad” por las naciones del Tratado. El acuerdo distinguía entre naciones signatarias y naciones consultivas, que se entregaban activamente a investigaciones científicas. Las enmiendas eran prerrogativa de las consultivas, que tenían el poder del veto, y todas las recomendaciones y decisiones deberían ser unánimes.

El Tratado estableció exitosamente una  comunidad antártica reconocible, y un Sistema Antártico funcional. Pero no todo es perfecto; aún persiste el tema de la soberanía, la Comunidad sigue estando segregada entre países que reclaman y no reclaman, signatarios y consultivos.

Riquezas bajo el hielo

Ahora bien, si la soberanía es el desestabilizador potencial de la política antártica, los recursos naturales son el desestabilizador potencial de la soberanía. Existen minerales como el carbón, plomo, hierro, cobre, oro, níquel, platino, cromo, uranio, plata, gas, petróleo, y cada vez se descubren más. Últimamente, a la lista se han añadido rocas portadoras de diamantes. Lo que antes parecía tecnológicamente remoto para su extracción, ahora es plausible, y lo que parecía imposiblemente caro ahora parece potencialmente valioso y esencial para intereses nacionales. Como mínimo, nadie quiere quedarse atrás de los descubrimientos.

En cuanto a las riquezas biológicas, la preocupación crítica es con el kril, el eslabón crucial en la fenomenalmente productiva cadena alimenticia antártica, y probablemente la especie animal más abundante del planeta. El primer intento de comercializarlo lo hicieron los rusos en 1964, y hoy en día se pescan más de 200 mil toneladas métricas anuales. Nadie sabe cómo reaccionará el pequeño crustáceo ante el cambio climático, la acidificación del mar o la sobrepesca; pero si colapsa, sería catastrófico para todo el sistema que depende de él, y que va desde un pingüino hasta una ballena.

Por otro lado, el principal mineral antártico es el hielo glacial, que podría convertirse en fuente de agua dulce para las regiones sedientas del planeta. La idea de transportar témpanos antárticos al desierto ha existido desde hace rato. En 1977 el príncipe Muhammad al-Faisal de Arabia Saudita formó la empresa Iceberg Transport International, y anunció su intención de arrastrar témpanos hasta Arabia por menos dinero que una planta desalinizadora. El plan no se ha materializado, pero es enteramente posible que tarde o temprano alguien lleve un iceberg a Sur América o Australia, los puntos más cercanos al Continente Blanco. El mayor impedimento no es técnico, sino político: el hielo es un mineral y las naciones del Tratado quizás no lo dejen salir.

A fin de cuentas, no obstante, el recurso más notable de Antártica es el laboratorio natural que ofrece para la ciencia. Y podría ser que la extracción de la información científica sirva de modelo para la explotación comercial. Después de todo hay muchas similitudes entre la extracción mineral y la recolección y procesamiento de muestras en Antártica. Además, no menos que el platino o el petróleo, el conocimiento es poder; la ciencia es un instrumento de la política antártica, pero también legitimiza esa política.

De las 50 naciones que han firmado el Sistema del Tratado Antártico, 30 mantienen 82 estaciones de investigaciones en el continente, y unas 1,100 personas trabajan el año entero allí, mientras que 4,400 lo hacen durante el verano.

Con todo y eso, la Antártida apenas si está explorada y cartografiada. Aquí todo está por hacer. Como si fuera un Marte blanco.

(Segunda parte: Latinoamérica en el frío, y bases visitadas durante la III Expedición)

 

Un amistoso e importante saludo en el hielo con Estados Unidos

Texto y fotos por Ángela Posada-Swafford

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El director de la Estacion Palmer, Robert Farrell, tuvo la gentileza de izar la bandera colombiana ese dia. Foto: Angela Posada-Swafford

Haber podido llegar nuevamente a la Estación de Investigaciones Palmer, una de varias que Estados Unidos mantiene en el continente antártico, donde viví seis semanas en el 2010, fue una experiencia tanto mejor por haberlo hecho con la primera, y ayer con la Segunda Expedición Colombiana a la Antártida. Saludar al director y viejo amigo Bob Farrell, y a Polly Penhale, consejera para asuntos ambientales antárticos de la National Science Foundation y presentarles al comandante del buque y al director científico de nuestra expedición, fue importante para mí, y espero que lo sea para el futuro de la cooperación antártica entre Colombia y EE.UU.

Palmer es la única estación estadounidense en la Península Antártica, y durante las últimas tres décadas se ha dedicado a entender hasta los más pequeños detalles de este ecosistema, y la forma en que responde a los cambios de temperatura y acidez del agua. Con el paso de los años, los investigadores de diversas disciplinas que acuden a Palmer han acumulado un archivo de información antártica increíblemente rico en materia de patrones de vientos, nevadas, cantidad de hielo marino y tipos de microorganismos. Un tesoro acerca del punto del planeta que más rápidamente se está calentando, y que comparten libremente con el resto de la comunidad científica mundial.

Palmer nos recibió una soleada mañana izando la bandera colombiana, un gesto que emocionó a todo el mundo mientras el ARC 20 de Julio anclaba en la plácida bahía frente al glaciar Marr. Poco después, gran parte de la tripulación descendía en grupos de 20 personas, para visitar algunos de los edificios de madera azul, disfrutar de la vista del buque desde lo alto y hacer compras en la tienda de la estación. Mientras tanto, el capitán Ricardo Torres y el comandante Jorge Espinel, guiados por Polly Penhale, visitaban los sofisticados laboratorios de la estación, conociendo a los investigadores.

Igualmente importante, tanto Penhale como Farrell visitaron el 20 de Julio y conversaron con algunos de los científicos colombianos, visiblemente impresionados con el buque, su helicóptero y sus capacidades. Un lazo más que se tiende con el Programa Antártico de Estados Unidos, y la posibilidad de un futuro de cooperación entre ambos países.

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Bob Farrell, izq. y el CN Ricardo Torres en Palmer. Credito: Angela Posada-Swafford

Como director de Palmer, Bob Farrell es el alcalde de una pequeña ciudad remota de unas 40 personas, en la que todos dependen de todos. La dinámica de trabajo en Palmer es como una maquinaria bien aceitada en la que cada persona tiene una responsabilidad exacta, que cumple a cabalidad. La dinámica social es como la de una familia donde los hermanos se llevan muy bien. Por lo general cuando algo va mal la misma comunidad se encarga de autorregularse, con una mínima participación de Farrell.

El es un veterano del antártico. Lleva varios años como director, viniendo a quedarse un mínimo de cuatro meses, luego de los cuales es sucedido por otros dos codirectores, ya que la National Science Foundation dispuso que Palmer, al igual que McMurdo (del otro lado de las Montañas Transantárticas) y Amundsen-Scott (en el polo sur geográfico), deben estar abierta todo el año.

“No todo el mundo está cortado para este trabajo”, dice Farrell. “Son muchos meses lejos de la familia. Tienes que ser adaptable, comunicativo, flexible. No debes estar pensando todo el tiempo en lo que no tienes, en la novia, en la falta que te hace. Hay que aprender a gozar del trabajo, del entorno, de la comida. Por eso la comida es tan buena en Palmer: es algo que está diseñado para mantener en buen estado la moral de la gente, lo mismo que en los submarinos”.

Tanto, que en ocasiones vienen chefs graduadas del Cordon Bleu en Paris.  Las cenas de Palmer varían desde sopa de cebolla a la francesa, tortas tatins de manzana y carnes de alto vuelo, hasta la comida nostálgica de las regiones de origen de los ciudadanos de Palmer. Aprenderlas es parte de la descripción del trabajo de las dos chefs.

Farrell también tiene que saber caminar esa delgada línea entre su posición como director y aquella como camarada de la gente. “Si estás siempre en la oficina, tiendes a perderte de lo que está pasando y corres el riesgo de que te perciban como inaccesible. Pero si te pasas demasiado tiempo siendo camarada y tomando cervezas en el bar, entonces no eres efectivo. Además, hay que dejar que la gente se sienta a su anchas, sin tenerte encima todo el tiempo”.

Sus otros deberes incluyen el mantenimiento en general de las instalaciones, y el manejar el presupuesto, que es una fracción de los 450 millones de dólares al año, el total destinado a la Antártica.

Eso incluye todo. Salarios del personal, seguros, logística de barcos, aviones, helicópteros, combustible (aquí usamos 100,000 galones anuales para los generadores y las zodiacs), comida, etc. Todo. Es apenas una pequeña parte del presupuesto de la NSF de más o menos 6 mil millones anuales. Y a cambio de eso el Programa Antártico entrega ciencia de la más alta calidad.

Si el verano es una explosión de vida, el invierno en la latitud 64 Sur, es según Farrell, alucinantemente bello.  “Sólo hay unas cuatro horas de luz, pero qué luz más extraña y espectacular. Todo es de un azul lechoso, y los témpanos brillan como si tuvieran bombillos interiores. El problema es que la gente tiene mucho menos tiempo para irse a pasear en bote, y si el domingo, que es el día libre, hace mal tiempo, pues no hay forma de asomar las narices. Pero a mí me encanta esa época porque uno se recoge, escribe, lee y ve buenas películas”.

El 21 de julio es el solsticio de invierno (el día más corto de las regiones australes), y siempre ha sido un día que se marca en el calendario antártico. “Desde la época de Shackleton y Scott, todos los exploradores de este continente han celebrado este día que marca la mitad del invierno, y que significa más para nosotros que la navidad. Entonces intercambiamos tarjetas de saludos y regalos especiales con las demás estaciones, incluso la Casa Blanca nos manda mensajes de buenos deseos”.

La otra parte del trabajo de Farrell consiste en ser la embajadora antártica ante los buques de crucero de placer y los de expediciones científicas que visitan el Archipiélago Palmer. “Cuando llega el verano a veces tenemos hasta 2 y 3 cruceros por semana, y eso es la locura porque cada vez tengo que subir a bordo con una pequeña delegación y darles una presentación sobre Palmer y la ciencia que llevamos a cabo aquí. Luego damos recorridos de la estación. Lo interesante es que uno nunca sabe quién viene a bordo. Muchas veces son directores de empresas multinacionales, políticos, gente de todo el mundo. Me gusta mucho mostrarles la ciencia que hacemos aquí”.