Antes de poner un pie en “El Hielo”…

*Ángela Posada-Swafford / http: //www.angelaposadaswafford.com

Y bien, aquí vamos de nuevo. Por tercera vez en un lapso de 8 años regreso a la Antártida. La primera vez, invitada por la National Science Foundation como periodista científica, al Polo Sur Geográfico, 90 grados de Latitud Sur. Tres años después, gracias a un fellowship de un par de meses para permanecer en la estación de investigaciones Palmer, en la menos brutal -pero no menos peligrosa- Península Antártica. Y esta tercera vez, tal vez la más significativa para mí, como cronista de la primera expedición que hace el gobierno colombiano al Continente Blanco.

Pero esto no es coser y cantar. Porque antes de poner un pie en “El Hielo”, para comenzar a usar la jerga antártica, siempre hay que someterse a una lista de exámenes médicos que casi rivaliza en complejidad con los que debe pasar un astronauta antes de una misión. Esta vez no es la excepción. En este momento me hallo en medio de citas para los siguientes exámenes:

–Certificado de condición psicofísica, examen médico general

–Examen odontología con carta dental

–Examen psicológico con inventario de Beck y prueba STAI

–Examen oftalmológico

–Audiometría tonal

–Radiografía de tórax

–Espirometría

–Electrocardiograma

–Laboratorios cuadro hemático

–Parcial de orina, creatinina, baciloscopia, glicemia, VIH, HBsAG, VDRL (de ser positivo se solicita FTA-ABS)

–Ácido úrico personas mayores de 40 años

–Gravidez (personal femenino).

“¿Supongo que es para asegurarse de que no nos vaya a doler una muela?” le pregunté al médico en ese primer viaje refiriéndome a que debíamos anexar una placa de rayos X de la boca. “En realidad”, comentó después un veterano piloto de helicóptero con tono casual, es “para poderlos reconocer…”

Gulp. La frase mató cualquier duda sobre el hecho de que la Antártida es el sitio más frío, ventoso, seco, aislado, peligroso y hostil del planeta. Allí abajo, un accidente aéreo, un caso de hipotermia o deshidratación, o quedar atascados indefinidamente sobre un glaciar, bajo una grieta, o en un zodiac, son posibilidades bastante reales. Y  entonces, mientras se está parado en medio de una ventisca apoteósica donde segundos antes había reinado el sol más esplendoroso, es cuando se entiende que un organismo con cualquier mínimo problema de salud está bajo un riesgo en potencia.

Por eso, y porque uno va a estar compartiendo un buque con otras 100 personas y bajando a puertos varios, hay que correr a aplicarse las vacunas contra toda suerte de virus: fiebre amarilla, meningococo, hepatitis A, varicela, triple viral, neumococo, influenza y toxoide tetánico. La lista se lee como los ingredientes de una sopa de brujas.

Llevo dos semanas recorriendo los laberínticos corredores de un par de hospitales aquí en Miami en busca de vacunas como la varicela. Tampoco es barato. Incluso en el departamento de Salud Pública de la Florida cobran hasta US$150 por las más complicadas.

Tienen razón en cuidarnos a todos. No existe mayor aislamiento y sensación de orfandad que enfermar en el polo, a miles de millas por hielo, mar y aire del hospital completo más cercano. En 2006, cuando estuve expuesta al mucho más amargo frío polar de los 90 grados de latitud sur, mi tiroides se quejó. Yo no lo sentí durante el viaje, afortunadamente. Pero cuando regresé a casa, mis exámenes indicaron que había sido víctima del “Síndrome Polar de la hormona T-4”. Básicamente, eso significa que los -45º C me congelaron temporalmente la acción de la tiroides. Es algo que los médicos antárticos estudian con mucho interés.

Habrá mucho qué decir en las semanas venideras sobre la medicina en condiciones no sólo de frío extremo, sino de aislamiento, luz (u oscuridad) permanentes, y esa extrañísima sensación de ver únicamente blanco y azul durante días y más días.

Y esta es la parte fácil, ya que Colombia sólo estará en la Antártida durante parte del verano austral. En las estaciones de investigaciones de otros países donde se “pernocta” durante el larguísimo invierno polar, a todo esto habría que sumar los exámenes psiquiátricos. Después de todo, nadie quiere zombies en el hielo.

*Ángela Posada-Swafford ha visitado la Antártida en dos ocasiones, como periodista de ciencia. Con becas de la National Science Foundation, estuvo en el Polo Sur Geográfico en 2007, y en la Estación de Investigaciones Palmer, en la Península Antártica, en 2010. Es egresada del Massachusetts Institute of Technology,MIT, como becaria del Knight Fellowship in Science Journalism, https://ksj.mit.edu/

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