La callada revolución ambiental de la Península Antártica

Foto: Acosta, Armada Nacional

Por Angela Posada-Swafford

El dramático paisaje de la Península Antártica, con sus agresivos picos de hielo y roca oscura pareciera ser un cuadro estático. En realidad, aquí abajo se está produciendo una callada pero veloz revolución ambiental. Por eso los científicos se refieren a esta región como el canario en la mina: el punto del planeta que siente y responde al cambio climático antes que el resto del mundo. Y por eso, investigadores y turistas de todas las latitudes están viniendo hasta aquí en números cada vez mayores. Los primeros para averiguar exactamente qué es lo que está pasando, y lo que eso significa para el resto del mundo. Y los segundos para ser testigos de la extraordinaria belleza antes de que desaparezca.

Lo primero que uno nota al entrar en la península, incluyendo el Estrecho de Gerlache, es la gran cantidad de vida. Comparadas con el resto del desolado continente, las aguas aquí están llenas de criaturas carismáticas. Pinguinos de tres especies, ballenas jorobadas, leones y elefantes marinos, focas de distintas familias, petreles y cormoranes.

Y bajo el agua, un paraíso de invertebrados que para luchar contra el frío se han inventado adaptaciones realmente alienígenas: arañas gigantes, estrellas marinas de diez brazos, peces cuya sangre no es roja sino una sustancia anticongelante incolora, almejas que se mueven con propulsión a chorro, y otros moluscos raros. Pero ninguno de ellos tolera bien el calor, por lo que entender lo que les pasa cuando se les calienta su entorno es una valiosa herramienta.

¿Por qué habría de importarle a alguien en el trópico lo que les pase a unos animales extraños en el otro extremo del planeta? Porque en la Tierra todo está conectado, y uno no sabe en qué momento perder una de esas especies puede ser lo que eche a pique un ecosistema. Por ejemplo, el kril, esa criatura que parece un pequeño camarón y que es el alimento de pingüinos, focas y ballenas. El kril se alimenta de las algas que crecen bajo el hielo marino. Pero con el calentamiento del mar y del aire, ese hielo se forma más tarde en el año, por menos tiempo, y en menos cantidad. Estudios recientes hechos en nueve países sugieren que el kril está sufriendo, y que las toneladas que se recogían antes no son las mismas que se recogen ahora.

Durante la III Expedición Colombiana a la Antártida, que culminó en febrero, hicimos varios lances con redes verticales de plancton a diferentes profundidades, esperando encontrar kril.  Pero en su mayoría, las redes regresaban llenas de salpas, un organismo gelatinoso transparente que hace unos años no se veía mucho en esas aguas polares. ¿Estarán las salpas reemplazando al kril?

En el fondo del mar antártico se está dando otro cambio, parte de esta revolución silenciosa: en 2010 un grupo de científicos envió un sumergible robótico a buscar animales nuevos, y para su sorpresa lo que halló fue un ejército de cangrejos rey marchando hacia el sur. Eran al menos 1.5 millones. Ahora sus pinzas podrán estar comenzando a causar estragos entre los delicados cuerpos sin caparazón de los animales que no tienen la capacidad de defenderse.

Luego están los pingüinos, con una especie en proceso de reemplazar a la otra. Los pequeños Adelia, obligados a seguir al hielo marino hacia el sur, y los simpáticos papua del norte, explorando nuevos dominios qué colonizar.

Entonces ya no es necesario ver un termómetro para saber que la Península Antártica se está calentando. Aquí los cambios no solo están en el aire. También está en los animales. Y en el hielo. La última en comenzar a quebrantarse es la Barrera de Hielo Larsen C, que tiene un espesor de más de 200 metros y que hace unas semanas sorprendió a la NASA, revelando una grieta asustadora. Las barreras de hielo rodean a la Antártida como si fueran muros de contención que evitan que todo ese hielo del continente se resbale y caiga al mar en cantidades inimaginables. Hace unos 15 años perdimos a Larsen B, cuya rápida desintegración fue objeto de la película El día después de mañana.

Toda nuestra forma de vida, lo autos que conducimos, la electricidad que creamos, las selvas que cortamos, todo esto está dejando su marca bien visible, más que en cualquier otra parte del planeta, sobre la Península Antártica.  Por eso, comenzar el largo proceso de entender esta huella y de anticipar las consecuencias que esta telaraña de teleconexiones tiene para las Américas y el mundo es uno de los aportes más valioso de cualquier expedición antártica.

 

 

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