Colombia despliega sus alas antárticas

Texto y fotos por Ángela Posada-Swafford

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Ya estoy convencida que formo parte de este excelente grupo de aviadores antarticos colombianos!

 

Hace unos días, en la base antártica española “Juan Carlos I”, en la isla Livingston, se llevaron a cabo dos cosas nuevas para Colombia en el continente blanco: la cooperación con investigadores españoles, y un sobrevuelo en helicóptero transportando carga externa.

Los investigadores tenían un proyecto para medir el grosor de los glaciares que cubren la capa de tierra congelada conocida como permafrost. El experimento consistía en pasar un geo-radar montado sobre una estructura de madera de 150 kilos, a cierta altura sobre el hielo.  El truco era no dejar que se ladeara la estructura. Para los científicos, el ARC 225 – helicóptero tipo Bell 412EP – de la Armada colombiana, era la oportunidad perfecta para llevar a cabo esa actividad.

Para el piloto comandante de la aeronave, Capitán de Corbeta Guillermo Alberto Fierro Monje y su tripulación, era el momento de desplegar sus alas antárticas.

En cualquier lugar, contar con un helicóptero en una expedición científica es un raro privilegio; pero en estas latitudes, se convierte en una cuestión de seguridad. Una emergencia médica, un bote Zodiac que no aparece, un grupo de investigadores varado en alguna playa, la necesidad de pedir ayuda a alguna de las estaciones de investigación, son todos escenarios muy plausibles en la Antártida. Por otro lado, desde el punto de vista científico, un helicóptero no sólo es la única forma de acceder a lugares importantes de muestreo y fotografía, sino la manera de entender el contorno del terreno.

Esta es la segunda vez que el ARC 225 de la Aviación Naval viene hasta la Antártida, aportando todos esos elementos a la Primera Expedición hace dos años. Es una aeronave relativamente nueva (tan solo tiene 649 horas), y capacidad para 13 pasajeros.

El proceso de cualquier vuelo comienza con una reunión pre-vuelo en el Centro de Información y Combate, una sala que infunde toda la complejidad que uno esperaría hallar en un buque militar, que esta vez desarrolla misiones de ciencia e investigación.

La planeación abarca las condiciones meteorológicas, el perfil de vuelo y los objetivos a cumplir. Se habla del plan de comunicaciones, códigos de comunicaciones, procedimientos en caso de baja visibilidad, entre otros. Finalmente se contestan preguntas y se especifica lo que habría que hacer en caso de emergencia o alguna contingencia en esta agreste geografía.

Este primer vuelo antártico de la Tercera Expedición fue una lección para el Capitán Fierro y su tripulación.

“Por mi izquierda tenía referencias visuales del mar y abajo las grietas de los glaciares”, me dice esa noche. “Pero por la derecha era un telón completamente blanco que no nos permitía interpretar profundidad, distancia, ni distinguir el horizonte”.

Lo tranquilizaba el hecho de que siempre tenían la garantía de escapar hacia el mar en caso de que el techo se bajara. Y en ese sentido, dice el aviador, “es diferente a volar entre montañas en Colombia, donde si hay nubosidad uno no se mete. Es mejor esperar”.

Por su parte, el helicóptero se ha comportado a la altura, como hiciera durante la Primera Expedición. De hecho, es como si estuviese hecho para el frío. “La maquina rindió súper bien porque a bajas temperaturas su rendimiento es mejor”, explica el capitán Fierro. “En cambio, cuando se vuela en altura entre cordilleras, es todo lo contrario. Allá los límites del motor tienden a alcanzar su límite máximo, a pesar del frío que se pueda percibir, que entre otras, no es nada parecido al que hemos sentido aquí”.

La experiencia de esta tripulación se suma a la anterior, y la próxima se sumará a esta. Poco a poco, fenómenos como los vientos catabáticos o los drásticos cambios de clima y visibilidad de la Península Antártica pasarán a ser parte del menú de opciones que los pilotos de la Armada Colombiana aprenderán a manejar con soltura.

“Para mí lo significativo de esto es el aporte directo a la ciencia ofrecido por la Aviación Naval”, añade el capitán Fierro, y los investigadores españoles no podrían estar más de acuerdo.

Al regreso de cada vuelo, el helicóptero es inspeccionado por los tripulantes de vuelo y guardado dentro del hangar del ARC 20 de Julio con calentadores especiales, sus palas plegadas y su fuselaje fuertemente amarrado al piso. Un balcón ubicado en un costado de ese hangar se ha destinado para instalar los equipos de gimnasio. Y de tanto ir a la caminadora, que en el estrecho recinto está a un metro del fuselaje, ya el Bell 412 se ha convertido en un viejo amigo.

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