Historia de la presencia humana en la Antártida

Por Ángela Posada-Swafford

“Los hombres no pueden pelearse en la Antártida porque allá el enemigo universal es el frío”. Richard Evelyn Byrd

 

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Al principio, nuestro entendimiento sobre la Antártida no tenía el alcance para interesar a nadie en su soberanía. Las naciones colonialistas miraban hacia continentes de selvas y soles abrasadores como África, y no reparaban en desiertos de hielo. Luego, hace siglo y medio, los balleneros y cazadores de focas comenzaron a abrirle los ojos al mundo sobre la riqueza de los mares australes.

Siguiendo ese nuevo interés, en 1833 el Imperio Británico sacó patentes proclamando como dependencias a las Islas Falkland/Malvinas, a los 52° sur, las cuales serían eterna fuente de disputas amargas con Argentina, y en 1908 hizo lo mismo con las islas subantárticas South Georgia, South Shetland, y Tierra de Graham (Península Antártica), a los 62 ° sur.

Lo más notable de estos últimos territorios codiciados por el Imperio era que formaban un cono que convergía hacia el Polo Sur. Con este cono de influencia Inglaterra estaba imitando la táctica adoptada por Canadá en el Ártico un año antes.

Puesto que era el océano Austral -y no el continente antártico- el que contenía los valiosos recursos, los reclamos británicos permanecieron nebulosos y sin disputa. No obstante, un año después, durante la era heroica de exploración antártica, la Expedición Nimrod de Ernest Shackleton movió esas intenciones de la costa hasta el interior del continente. El expedicionario David Mawson puso la bandera sobre el hielo y reclamó la Tierra Victoria para el Imperio Británico.  Y el mismo Shackleton, a pesar de estar al borde del fracaso por falta de alimentos, depositó un cilindro de bronce lleno de estampillas y documentos, y tomó posesión de la planicie polar “en nombre de Su Majestad”.

No faltó mucho tiempo para que varias otras naciones fueran haciendo reclamos similares; pero la noticia grande sucedió en 1928 cuando el aviador estadounidense Richard Evelyn Byrd sobrevoló Antártica por primera vez en avión, lanzando a tierra cilindros con documentos de reclamo. No obstante, Estados Unidos no reconoció oficialmente ningún reclamo nacional, y el mismo Byrd comentó luego que “los hombres no pueden pelearse en Antártica porque allá el enemigo universal es el frío”.

De todas formas, las expediciones de Byrd establecieron una presencia casi permanente de Estados Unidos en Antártica, sin tener en cuenta que actos simbólicos de posesión se hubieran traducido o no en títulos oficiales.

En 1938, la Alemania nazi envió una expedición bajo el Dr. Alfred Ritscher “para garantizarle a Alemania su parte en la inminente división de Antártica entre los poderes mundiales”. Con la bendición personal de Hermann Goering, los hidroaviones de la Expedición mapearon la Tierra de la Reina Maud, lanzaron a hielo jabalinas decoradas con suásticas, y montaron grupos de asalto a la costa para izar la bandera del Tercer Reich.

Pero la invasión de Polonia redirigió la atención de los vuelos fotogramétricos sobre el continente, a la guerra submarina a su alrededor. El espectro de los nazis en Antártica hizo que las naciones se movilizaran. EE.UU. propuso extender la Doctrina Monroe (crecer de mar a mar) hasta el Polo Sur, para poder responder a las intenciones a los submarinos nazis, y velar por la seguridad del Paso Drake.

Argentina, por su parte, estaba más preocupada por Inglaterra que por Alemania, y en 1939 estableció una Comisión Nacional Antártica. Alarmado por la  maniobra, Chile se apresuró a invocar el concepto del cono de influencia para proclamar soberanía sobre la Península Antártica, rebautizándola como Territorio Antártico Chileno. En 1946, el régimen de Perón convirtió a la Antártida argentina en parte integral de ultranacionalismo en su política doméstica.

En general, la Guerra Fría amenazaba con llevar al polo su rivalidad geopolítica y la militarización de Antártica parecía inevitable. El Continente Blanco estaba enredado en la retórica de la política anticolonialista de la postguerra, y se convirtió, según algunos observadores, en un continente “en busca de una soberanía alternativa”.

Pero la idea de que Antártica siguiera el ejemplo de África era repugnante para muchos, y en 1948 el Departamento de Estado de EE.UU. le pidió a su Academia Nacional de Ciencias que bosquejara un futuro programa científico para EE.UU. en Antártica.

Mientras tanto, las rencillas territoriales y peleas diplomáticas culminaron en lo que todos temían: la intervención soviética. Efectivamente, Rusia volvió su atención hacia el sur, y en 1950 declaró tener el “derecho indiscutible a participar en la solución de problemas en la Antártida”. La Guerra Fría había llegado a El Hielo.

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El Año Geofísico al rescate

Pero entonces, en medio del frenesí global para reorganizar políticas de reclamos, sucedió algo que lo cambió todo. El 1952, el Consejo Internacional de Uniones Científicas nombró un comité para que organizara una serie de complejas actividades geofísicas a nivel global entre 1957 y 58. Eso se llamó El Año Geofísico Internacional (IGY, por sus siglas en inglés), y fue diseñado para permitirles a científicos en todo el globo tomar parte en una serie de observaciones coordinadas sobre fenómenos geofísicos.

Una de las regiones en que el IGY centró su atención fue Antártica, colocándola en la misma categoría de regímenes que caen fuera de los conceptos tradicionales de soberanía, tales como el espacio y las regiones abisales del océano. Eso significaba que Antártica no seguiría la misma suerte de África, dividida como un trozo de carne entre leones hambrientos. O del Ártico, una especie de  Mediterráneo polar plagado de maniobras políticas.

Al mismo tiempo, la muerte de Joseph Stalin trajo a los soviéticos al IGY, y por ende a la Antártida, de forma pacífica y diplomática. Durante ese encuentro, Rusia y EE.UU. impusieron un “equilibrio de prudencia” basado en la empresa científica, donde no reconocían reclamos, y se reservaban el derecho de avanzar los suyos propios.  El IGY definió el círculo contemporáneo de jugadores interesados en Antártica. Además de los siete países que originalmente habían hecho reclamos (Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y el Reino Unido) otras naciones como Bélgica, Japón, EE.UU., Sur África y Rusia montaron expediciones científicas nacionales. El tamaño de la inversión de una nación era tomado como muestra de su seriedad con respecto a la política antártica.

En 1957, para darle más peso al tema de la investigación y ayudar con la coordinación de los programas nacionales de ciencia, se organizó en Comité Científico para Investigaciones Antárticas, SCAR, por sus siglas en inglés. Dos años después el presidente estadounidense Dwight Eisenhower colocó al Programa Antártico de Estados Unidos bajo la National Science Foundation, e hizo los arreglos para establecer un Tratado Antártico.

Eisenhower invitó a la Unión Soviética y las otras 11 naciones involucradas hasta ese momento en investigaciones antárticas, a buscar un medio efectivo para asegurar que “las vastas expansiones inhabitadas de Antártica se usen sólo con propósitos de paz”. Durante los siguientes 18 meses se realizaron 60 reuniones secretas entre estas 12 naciones, culminando con la Conferencia sobre Antártica, a finales de 1959, cuando se firmó en Tratado Antártico en Washington DC, creando el primer espacio internacional “para ser usado con propósitos de paz…con los intereses de la ciencia y el progreso de toda la humanidad”.

Así comenzó la Pax Antártica.

El éxito del Tratado, que entró en vigor en 1961, radica en que zanjó la cuestión de la soberanía con una ambigüedad calculada. Ni reconocía ni negaba los reclamos existentes: firmar el tratado ni avanzaba ni perjudicaba reclamos futuros al territorio, pero no se podían hacer nuevos reclamos mientras el Tratado estuviera vigente.

El Sistema del Tratado Antártico consolidaba lo que se había venido armando con el Año Geofísico Internacional: el continente estaría abierto para la investigación científica, desmilitarizado y sin pruebas ni basura nuclear. Las estaciones de investigaciones estarían sujetas a inspección; y Antártica sería administrada “en interés de toda la humanidad” por las naciones del Tratado. El acuerdo distinguía entre naciones signatarias y naciones consultivas, que se entregaban activamente a investigaciones científicas. Las enmiendas eran prerrogativa de las consultivas, que tenían el poder del veto, y todas las recomendaciones y decisiones deberían ser unánimes.

El Tratado estableció exitosamente una  comunidad antártica reconocible, y un Sistema Antártico funcional. Pero no todo es perfecto; aún persiste el tema de la soberanía, la Comunidad sigue estando segregada entre países que reclaman y no reclaman, signatarios y consultivos.

Riquezas bajo el hielo

Ahora bien, si la soberanía es el desestabilizador potencial de la política antártica, los recursos naturales son el desestabilizador potencial de la soberanía. Existen minerales como el carbón, plomo, hierro, cobre, oro, níquel, platino, cromo, uranio, plata, gas, petróleo, y cada vez se descubren más. Últimamente, a la lista se han añadido rocas portadoras de diamantes. Lo que antes parecía tecnológicamente remoto para su extracción, ahora es plausible, y lo que parecía imposiblemente caro ahora parece potencialmente valioso y esencial para intereses nacionales. Como mínimo, nadie quiere quedarse atrás de los descubrimientos.

En cuanto a las riquezas biológicas, la preocupación crítica es con el kril, el eslabón crucial en la fenomenalmente productiva cadena alimenticia antártica, y probablemente la especie animal más abundante del planeta. El primer intento de comercializarlo lo hicieron los rusos en 1964, y hoy en día se pescan más de 200 mil toneladas métricas anuales. Nadie sabe cómo reaccionará el pequeño crustáceo ante el cambio climático, la acidificación del mar o la sobrepesca; pero si colapsa, sería catastrófico para todo el sistema que depende de él, y que va desde un pingüino hasta una ballena.

Por otro lado, el principal mineral antártico es el hielo glacial, que podría convertirse en fuente de agua dulce para las regiones sedientas del planeta. La idea de transportar témpanos antárticos al desierto ha existido desde hace rato. En 1977 el príncipe Muhammad al-Faisal de Arabia Saudita formó la empresa Iceberg Transport International, y anunció su intención de arrastrar témpanos hasta Arabia por menos dinero que una planta desalinizadora. El plan no se ha materializado, pero es enteramente posible que tarde o temprano alguien lleve un iceberg a Sur América o Australia, los puntos más cercanos al Continente Blanco. El mayor impedimento no es técnico, sino político: el hielo es un mineral y las naciones del Tratado quizás no lo dejen salir.

A fin de cuentas, no obstante, el recurso más notable de Antártica es el laboratorio natural que ofrece para la ciencia. Y podría ser que la extracción de la información científica sirva de modelo para la explotación comercial. Después de todo hay muchas similitudes entre la extracción mineral y la recolección y procesamiento de muestras en Antártica. Además, no menos que el platino o el petróleo, el conocimiento es poder; la ciencia es un instrumento de la política antártica, pero también legitimiza esa política.

De las 50 naciones que han firmado el Sistema del Tratado Antártico, 30 mantienen 82 estaciones de investigaciones en el continente, y unas 1,100 personas trabajan el año entero allí, mientras que 4,400 lo hacen durante el verano.

Con todo y eso, la Antártida apenas si está explorada y cartografiada. Aquí todo está por hacer. Como si fuera un Marte blanco.

(Segunda parte: Latinoamérica en el frío, y bases visitadas durante la III Expedición)

 

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