Cálido zarpe hacia el frío: comienza III Expedición Antártica Colombiana

Por: Angela Posada-Swafford

Cálido zarpe hacia el frío: comienza la III Expedición Antártica Colombiana. El Tiempo, diciembre 16, 2016

Desde buscar nuevos organismos hasta estudiar corrientes y hacer soldadura submarina, los investigadores del país se abren a la Antártida.

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Hace dos años, Colombia dio sus primeros pasos antárticos sobre una playa de nieve y basalto negro. Esa emotiva Expedición Caldas fue nuestro bautizo de hielo, una bien encaminada campaña de exploración científica, tecnológica y diplomática de tres meses que abrió los ojos de la comunidad polar internacional hacia el país. Abrió también las puertas a los investigadores nacionales, dándoles un vehículo para iniciar la búsqueda de respuestas a algunas de las preguntas más urgentes sobre el séptimo continente, su marcado efecto en el planeta y en Colombia, y nuestra adaptación a él.

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De Prat a Gerlache

Ángela Posada-Swafford*
*Corresponsal de El Tiempo, DIMAR y la Armada en la I Expedición Antártica Colombiana

Foto:
CRÉDITO: Sargento Segundo Ervin Maldonado/Armada Nacional
https://www.dimar.mil.co/
https://programaantarticocolombiano.wordpress.com/

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La mañana del viernes 16 de enero apenas da tiempo a un pequeño grupo de investigadores de visitar la Base Arturo Prat, en la isla Greenwich, un hito para los chilenos, porque fue su primera estación antártica. Establecida el 6 de febrero de 1946, la base de la Marina chilena ha estado ocupada permanentemente todo el año, con todas las facilidades de la vida moderna. Es interesante porque los grupos de personas que vienen son preparadas durante seis meses previos a su despliegue un poco como si fueran tripulaciones de astronautas.

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A toda máquina en el corazón del ‘ARC 20 de Julio’

Por Ángela Posada-Swafford (http://www.angelaposadaswafford.com/)

*Corresponsal de El Tiempo, DIMAR y la Armada en la I Expedición Antártica Colombiana

Foto: Cada hora, el Marinero Segundo Daniel Cantor chequea los sistemas de propulsión.

Las horas de guardia del Marinero Segundo Daniel Cantor, motorista de la División de Propulsión a bordo del ARC 20 de Julio son cortas pero intensas.

“Son cuatro horas de guardia y luego ocho de descanso”, dice una tarde durante el inicio del descanso, cuando abren la Cantina y muchos marineros se agolpan a comprar paquetes de papas, gaseosa y paletas. Estamos volando a toda marcha hacia Valparaíso, con mares encabritados. Las olas son tan empinadas que dejan a veces huecos de aire bajo el casco, y sentimos los golpes del metal cuando cae de nuevo sobre el agua. “Cada hora pasamos un monitoreo visual al equipo del cuarto de máquinas, verificando temperaturas, presiones, niveles de aceite y de agua en todas y cada una de las máquinas del cuarto, asegurándonos que estén dentro de los niveles normales”.

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Primero te enamoras de la Antártida…

*Ángela Posada-Swafford*

Primero te enamoras de la Antártida. Y después, la Antártida te parte el corazón. Es un viejo dicho entre quienes trabajan en las bases polares. Después de dos largos viajes a este magnífico lugar como periodista científica con la National Science Foundation de Estados Unidos, primero al Polo Sur geográfico y después a la Península Antártica, en 2006 y 2010, creo que entiendo a que se refieren. Estos hielos tienen el poder de obsesionar. Y para cuando uno se da cuenta, ha sucumbido a lo que los primeros exploradores llamaron ‘locura polar’.

Algo bello y agridulce le pasa a uno por dentro después de semanas en ‘El Hielo’. Yo lo he bautizado como el síndrome de los Horizontes Perdidos. Es la pureza del lugar. La inocencia, aún, de sus paisajes, reflejada en los ojos aterciopelados de los pingüinos. Es ese closet allá en el ático, que apenas si nos atrevemos a entreabrir para que no se derramen al suelo las cosas de valor.

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En busca de nuestro propio Sur Blanco: Colombia en la Antártida

Por: Ángela Posada-Swafford / periodista especializada en ciencia y exploración

http://www.angelaposadaswafford.com

Todos llevamos dentro nuestro propio Sur Blanco”, Ernest Shackleton, explorador antártico.

La Antártida podrá estar geográficamente lejos de Colombia, pero ambientalmente, científicamente y geopolíticamente, está a la vuelta de la esquina de todos los colombianos.

El 16 de diciembre, el buque OPV 20 de Julio, hecho en los astilleros de Cotecmar, zarpará de Cartagena para cruzar el Canal de Panamá y bordear la costa pacífica suramericana. Un mes después, cruzará el Estrecho de Drake para llegar a la Península Antártica y visitar varios puntos de interés, incluyendo el magnífico Estrecho Gerlache, y algunas estaciones chilenas y argentinas.

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Por primera vez en su historia, Colombia llevará a cabo una expedición oficial a la Península Antártica, apoyada por la Marina, la Fuerza Aérea y varias universidades e instituciones nacionales e internacionales. No es una expedición aislada y sin trasfondo. Se trata de dar comienzo a un Programa Antártico Colombiano que se vaya solidificando con el paso de los años, a través de visitas periódicas para hacer ciencia y hacer presencia geopolítica en ese continente.

La Antártida es un lugar extraordinario. Es un vasto desierto de hielo que ha atraído exploradores de todo el mundo durante siglos, y es el único logar del planeta donde los países trabajan juntos con el objetivo de preservar su inmenso valor científico y geopolítico para el bien común, bajo un Tratado firmado en 1959 (un logro extraordinario teniendo en cuenta que se firmó en plena Guerra Fría).

Ahora bien, ¿hay razones para que Colombia deba hacer presencia en la Antártida? Varias e importantes. Tanto, que no podemos darnos el lujo de esperar mucho más. ¿Qué se nos perdió allá? Por ahora nada en concreto, pero si no nos apersonamos ahora, podríamos perder mucho en el futuro. Sería algo así como no tener acceso al mar, en el pasado. O al espacio, en el futuro. ¿No tiene el país necesidades más urgentes? Si las tiene -siempre las habrá- pero la visión a largo plazo de esta estrategia podría justamente ayudar a allanar esas necesidades, que en el futuro serán mayores.

Si Colombia está tan lejos, ¿qué derecho puede tener para explorar allá abajo? Los mismos derechos que tienen todas las naciones del mundo, porque el Continente Blanco es como la Luna: no le pertenece a nadie, y nos pertenece a todos.

No solo eso, sino que representa la oportunidad de cooperar científicamente con países con los que bajo otras circunstancias las relaciones no serían las mejores. Algo así como lo que sucede en el espacio. Hace unos años, durante mi primera expedición antártica, vi poner en práctica esa cooperación, cuando cinco naciones se unieron para hacer una cadena de rescate usando tres buques, un helicóptero y un avión, con el fin de salvarle la vida a un pescador que había sufrido un grave accidente a bordo de un buque ruso.

Virgen y deseada

La Antártida es como una quinceañera, siempre deseada, un poco explorada pero mayormente virgen. Y como toda quinceañera, tiene una serie de admiradores, unos más ricos, otros más pobres; unos son sus vecinos, otros viven en tierras distantes. Todos ansían sacarla a bailar, pero quién podrá hacerlo depende de qué tanto la visite, y qué tanto empeño le ponga en aprender la forma extraña en que funciona su helado corazón.

Todos sus admiradores entienden que esta belleza es dueña de inmensas riquezas. Ella guarda en sus blancas arcas preciosos recursos marinos y minerales, rocas que esconden diamantes -nuevas para la ciencia-, microorganismos con poderes especiales, y depósitos insospechados de gas y petróleo.

No obstante, ella es la guardiana de un tesoro aún más grande. Junto con su hermana del Ártico, poseen dos turbinas gigantes, los dos polos, que actúan como el aire acondicionado del planeta. Por eso, ambas controlan el clima a escala global. Y prácticamente todo lo que sucede en sus gélidos dominios tiene una profunda influencia en la vida –y la billetera– de las regiones tropicales. Regiones como Colombia, cuya inmensa biodiversidad la coloca dentro de los admiradores que más tienen qué perder con sus cambios de humor, y a los que por esta razón más les vale irla conociendo y cortejando poco a poco.

El deshielo de las aguas polares, los cambios en salinidad de las corrientes oceánicas que nacen en latitudes australes, y la circulación de las masas de aire que se ciernen sobre Sur América, conectan de forma directa y medible las cosechas de las regiones andinas, la pesquería de nuestra costa pacífica, y los patrones de lluvias y sequías sobre nuestros cielos nacionales.

En otras palabras, la Antártida podrá estar geográficamente lejos de Colombia, pero ambientalmente, científicamente y geopolíticamente, está a la vuelta de la esquina de todos los colombianos.

Y puesto que la Península Antártica es el lugar del planeta que más rápidamente se está calentando (tanto el agua como el aire), es el punto cero para estudios de cambio climático. Sus delicados y simples microorganismos están siendo afectados radicalmente, y son la mejor escuela para aprender a lidiar con lo que se nos viene inevitablemente encima. Son el “canario en la mina”, y esa es una de las razones por las cuales hay tantas estaciones de investigaciones en la Península Antártica.

Bioprospección

La otra es la bioprospección. Puesto que los polos son los únicos puntos del globo libres de alteraciones humanas –especialmente la Antártida- los microorganismos extremófilos que habitan en esas regiones son perfectos para investigaciones de biotecnología y aplicaciones comerciales. Por ejemplo, Chile ya tiene patentes para un compuesto anticancerígeno aislado de los pastos antárticos, y para el crecimiento de piel artificial a partir de un crustáceo de esos mares, entre otras.

En Europa y Estados Unidos hay cientos de referencias de moléculas de origen antártico, incluyendo varias con el potencial de curar heridas, y otras con aplicaciones en cosmética, agricultura y remediación ambiental.

Hasta el momento es bien poca la regulación al respecto de la bioprospección antártica, precisamente porque el continente no es de nadie y no hay poblaciones indígenas a quienes afecte. (Algunos latinoamericanos podrán haber nacido allí, como es el caso de Chile, pero no son reconocidos como habitantes nativos de ese continente, sino de su país madre).

Botín congelado

Por ahora la única forma de exploración permitida en este continente es científica, ya que el Tratado Antártico y su Protocolo de Protección Ambiental prohíben cualquier actividad de explotación minera o bélica (como detonaciones nucleares, entierros de material radioactivo o despliegues militares). Pero este tratado expira en 2048, y la moratoria quedará sometida a revisión.

Con esa fecha en mente, las tensiones acerca de quién posee la soberanía sobre el continente antártico y sus fabulosos recursos han ido aumentando calladamente de un tiempo a esta parte. Las riquezas atrapadas debajo de los hielos perpetuos y bajo las aguas de los mares de Amundsen, Ross, Weddell y Bellinghausen incluyen carbón, plomo, cromo, cobre, oro, níquel, platino, uranio y plata. Y eso no ha escapado a la atención de siete de los 12 países que originalmente firmaron el Tratado Antártico en 1959, los cuales han hecho propuestas a las Naciones Unidas para reclamar derechos de soberanía sobre los lechos marinos que caen bajo sus conos de influencia antártica.

En este momento hay 50 naciones acogidas al Tratado Antártico (Colombia se unió en 1989). De esas, 28 pueden participar en el proceso de toma de decisiones sobre la suerte del continente, porque son las que tienen programas más sólidos de investigaciones científicas. Son lo que se llama un Miembro Consultor. Entonces, cada vez más naciones quieren tener algo de voz en las decisiones internacionales sobre lo que pasa en la Antártida. Y cada vez más gobiernos destinan fondos para programas antárticos, incluyendo los de varios países en desarrollo.

Aparte de Argentina y Chile (cuyo presupuesto antártico fue de 24 millones de dólares en 2013), que por obvias razones geográficas están entre los 12 países signatarios originales del Tratado, los otros miembros latinoamericanos son Brasil, Colombia, Cuba, Ecuador, Guatemala, Perú, Uruguay y Venezuela. De estos, Brasil, Ecuador y Perú, que llevan más de una década haciendo expediciones y tienen bases en ese continente, se han ganado el derecho a ser miembros consultores, sentándose más cerca de la cabecera en la mesa antártica.

Estudios polares en el trópico

Que un país tropical como Colombia decida visitar la Antártida tiene otras razones válidas. No solo es algo científico y geopolítico, sino que es un gesto simbólico de paz y esperanza. Y también es una fuente de inspiración para que la niñez colombiana siga el camino de la ciencia y la exploración. Y para que los jóvenes se den cuenta de que tienen oportunidades insospechadas en su futuro. ¿Quién dice que nuestros niños no pueden soñar con ser astronautas o exploradores polares?

Es también la oportunidad de abrir una cátedra de estudios polares en las universidades colombianas (varios de cuyos investigadores estarán presentes en la expedición), para que los niños sepan que en el futuro pueden realizar estudios antárticos incluso bajo el quemante sol tropical de sus propias ciudades.

Es cierto que cuando Colón zarpó a las Américas había gente muriéndose de hambre en Europa. Es verdad que cuando Estados Unidos, la China, la India y hasta Brasil comenzaron sus programas espaciales, había gente muriendo por dolencias no atendidas en salas de emergencia de hospitales públicos. Pero entonces Colón trajo riquezas inmensas de las Indias y abrió las puertas a un río de ideas en materia de navegación e ingeniería naviera. Y las agencias espaciales del siglo 20 desarrollaron tecnologías médicas que ahora salvan vidas todos los días en esos mismos hospitales. La bomba de insulina y los escaners para detectar cáncer de seno son un par de ejemplos dentro de una larga lista de descendientes del Programa Lunar Apollo.

La Antártida es la Luna colombiana. Es algo así como si tuviéramos nuestro propio programa espacial. El país podrá no tener un cohete lunar, pero sí tiene un buque, diseñado y fabricado en Colombia, con lo último en tecnología naval.

Todos llevamos dentro nuestro propio Sur Blanco”, escribió hace exactamente cien años el explorador británico antártico Sir Ernest Shackleton, refiriéndose a la búsqueda de eso que hace feliz a cada persona. Colombia es verde tropical pero también, como Shackleton, necesita su propio Sur Blanco.

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*Ángela Posada-Swafford ha visitado la Antártida en dos ocasiones, como periodista de ciencia. Con becas de la National Science Foundation, estuvo en el Polo Sur Geográfico en 2007, y en la Estación de Investigaciones Palmer, en la Península Antártica, en 2010. Es egresada del Massachusetts Institute of Technology,MIT, como becaria del Knight Fellowship in Science Journalism, https://ksj.mit.edu/